José Luis Pérez Pont
Espacio público y sus condicionantes
La velocidad proporciona qué ver. No permite simplemente llegar más rápido al punto de destino sino que también proporciona qué ver y concebir. Ver, antaño con la fotografía y el cine, y concebir, hoy día, con la electrónica, la calculadora y el ordenador. La velocidad cambia la visión del mundo. En el siglo XIX, con la fotografía y el cine, la visión del mundo se convierte en "objetiva". (El término "objetivo" aparecía además de en el aparato fotográfico, en el filosófico y en el político.) Se puede decir que hoy en día llega a ser "teleobjetiva". Es decir, que la televisión y los multimedia destruyen los planos aproximados en el tiempo y en el espacio como una foto con teleobjetivo destruye el horizonte. Por tanto, la velocidad permite ver el mundo de otra manera, y a partir del siglo XIX es cuando esta visión del mundo cambia y el espacio público se convierte en una imagen pública a través de la fotografía, el cinematógrafo y la televisión." (1)


La deformación de la imagen pública del espacio y los acontecimientos constituye una recreación de la realidad y genera nuevas realidades cuando, además de producirse su canalización a través de los sistemas de captación y distribución, intervienen voluntades interesadas en la obtención de los beneficios políticos, económicos o de opinión resultantes de la adecuación de los enfoques de la información y su programación. En ese sentido, la televisión se ha convertido en el medio más influyente y la más eficaz herramienta de desinformación social. Anuladas en la práctica, casi en su totalidad, el uso de sus características positivas, la televisión ha devenido, en cuanto a contenidos, en una programación única cargada de espacios dirigidos al atontamiento masivo y la anulación de criterios propios. Contra el ejercicio de la crítica se dirigen constantes ataques, hasta lograr con sutileza hacer parecer peligrosos a aquellos ciudadanos que se permiten cuestionar en voz alta los valores impuestos por el sistema económico dominante. Límites claros a la libertad de expresión están dándose aquí y ahora, con niveles que van de la autocensura individual, como medida preventiva, a la limitación informativa concerniente a acontecimientos incómodos desde medios de comunicación públicos y privados.


"Las masas, ellas, lo aceptan todo y lo desvían todo en bloque hacia lo espectacular, sin exigencia de otro código, sin exigencia de sentido, sin resistencia en el fondo, sino haciéndolo deslizar todo en una esfera indeterminada que no es siquiera la del sinsentido, sino la de la fascinación/manipulación en todas las direcciones". (2)


Parece que los asuntos que despiertan el interés mayoritario llevan consigo una elevada carga de espectacularidad y una baja aportación de ideas. A estas alturas empieza a no estar claro si el estado de desvertebración de la sociedad es causa de la presión mediática, como producto de la construcción de un consciente colectivo abocado al consumo o, por el contrario, el sistema capitalista simplemente ha sabido sacar rentabilidad al deseo de satisfacción materialista de la masa. Puede resultar casi doloroso, desde un planteamiento idealista de la realidad, aceptar, por ejemplo, que la masa encuentra satisfacción acudiendo de modo constante a estadios de fútbol, que el individuo encuentra por esa vía la proyección de su ego en los triunfos deportivos de su equipo, que obtiene satisfacción personal con ello, o que algunos llegan a ser capaces de canalizar la frustración que experimentan en su día a día agrediendo a los hinchas del equipo contrario, cubriendo la realidad de su angustia con una veladura inconsciente, que se proyecta en el contrario como representación del obstáculo que no le permite alcanzar el sueño que desea, produciéndose una mimetización con la marea humana que refuerza la idea de legitimidad en los modos y en los fines. Es preocupante la presión que los modelos de educación para el "éxito" ejercen sobre los individuos y la consecuente deformación implícita de la personalidad, como fase previa a la frustración al no alcanzar la cima proyectada; un espejismo innecesario que no supera la calificación de mero simulacro de felicidad. Aunque pueda parecer fuera de contexto, las grandes estrategias de comunicación y control de masas y opinión pública rayan a menudo en la máxima obviedad, y seguramente esa sea la clave de su éxito, a la vez que la mayor desventaja a la hora de introducir mensajes dirigidos al cuestionamiento no adocenado. Se trata, creo, de intentar establecer nuevos modos de opinión no manipuladores, capaces de ofrecer matices de la realidad en todas sus formas, capaces de despertar el deseo de independencia personal de pensamiento, capaces de incentivar al análisis, en oposición a los modelos generales de opinión y comportamiento. Es claro que para ese cambio se requiere la previa aceptación de cada individuo, un pacto consigo mismo que le libere de la sumisión inconsciente en la que ha permanecido. Una realidad que en palabras del poeta Antonio Orihuela encuentra con sencillez su semblanza:


"Cada vez veo más gente

con una venda

puesta en los ojos.


Incluso he visto gente que,

habiéndosele movido un poco,

se la vuelve a colocar correctamente". (3)


El modelo de existencia consumista de nuestro tiempo se vale con especial habilidad de los lenguajes visuales para posicionar marcas en el mercado y generar necesidades, o explotar y ampliar la cobertura de las ya existentes. Los medios de comunicación de masas y la publicidad hilvanan cada día los ojales de nuestra percepción para evitar que disminuya en nosotros su tránsito, casi ya insensibilizados, o quizás en un estado tal de exfoliación que el placer y el dolor se confunden hasta alterar por siempre el valor de los opuestos y hacerlos semejantes. Son tantos, realmente tantos… los estímulos que recibimos con la intención de delinear nuestros gustos, nuestro aspecto, el aspecto de la gente que debe agradarnos, los logotipos de los productos que deben despertarnos confianza y esa misma afinidad hacia la gente que ha pagado por llevarlos cosidos o sobreimpresos en sus ropas y objetos personales, en sus vehículos y aparatos.


"Seguramente es verdad que, siguiendo la línea iniciada por la escritura impresa, la televisión procura una importante potenciación de la memoria íntima pero, ¿dónde se sitúan intra e internacionalmente los nudos de la red de control que presuponen estos focos de potenciación? ¿Cómo se construirán, según qué mecanismos y qué intereses, mientras tanto, las diferentes memorias históricas, no ya individuales sino colectivas?" (4)


Los territorios de hoy ya no se limitan por ríos, mares y cordilleras ni su representación responde a las cartografías escolares que todavía podemos recordar, ahora lo terrestre va íntimamente ligado a las grandes marcas publicitarias que colonizan lo visible y lo invisible, que implantan sus grandes reclamos luminosos dando identidad a espacios arañados a la naturaleza y sacralizados para el consumo de bienes y servicios, en ese ritmo lógico de expansión y progreso que todas las ciudades y estados desean y que tanto satisface en suma a sus usuarios. La pérdida de referentes y la homogeneización del paisaje nos lleva a un estado perfecto en el que las poderosas estrategias económicas de las multinacionales encuentran abonado el terreno para que sus intereses florezcan. A mayor vaciamiento mental más disco duro en el que hacer resonar las consignas, del mismo modo que a mayor pobreza en amplias zonas del mundo mejores condiciones para la implantación industrial, más barata mano de obra, recursos naturales en abundancia para abastecer sus necesidades de producción y residuos sin exigencia de tratamiento. Grandes beneficios, bajos costes y externalidades a su favor, así son los buenos negocios


La presencia de los iconos del consumo mundial es manifiesta en cualquier rincón del planeta, con la misma naturalidad que sus nativos emigran al primer mundo empujados por una realidad de bienestar sobredimensionada y difundida a través de la televisión.


"El mundo de la globalización económica y tecnológica es el mundo del tránsito y de la circulación –destacándose todo ello sobre un trasfondo de consumo-. Los aeropuertos, las cadenas hoteleras, las autopistas, los supermercados (añadiría de buena gana a esta lista las escasas bases de lanzamiento de cohetes) son no lugares en la medida en que su principal vocación no es territorial, no consiste en crear identidades singulares, relaciones simbólicas y patrimonios comunes, sino más bien en facilitar la circulación (y, por ello, el consumo) en un mundo de dimensiones planetarias". (5)


Sirva este apunte de Marc Augé como puesta en valor de aquellos espacios singulares, tan abundantes en la geografía terrestre, que han ido siendo relegados al lugar del icono, circunscritos al consumo del visitante foráneo, del extraño, el que a su paso por lugares visita aquello que ha de ser visitado. Con frecuencia la representatividad o relevancia histórica y monumental, o la inexistencia de monumentos al uso, de estos espacios ha saturado con su carga la memoria colectiva de su entorno, produciendo casi un efecto disuasorio. No es de extrañar que, acostumbrados ya a la repetición de estructuras y resortes de los espacios del consumo, nos pueda resultar desconcertante la presencia de intervenciones artísticas no regladas, fuera de los formatos tradicionalmente reconocidos y disueltas en el entorno urbano que cada día transitamos. Así ocurre con los espacios intervenidos mediante los proyectos seleccionados en Intracity, esa singularidad es el resultado de una reflexión que distingue lugares y tiempos, dando su peculiar visión de la realidad para recordar al individuo que es miembro de una especie diversa, componente de un sistema complejo, integrante de un mundo prolijo en diferencias. Con frecuencia es el miedo a la diferencia, y más allá, la incertidumbre que provoca sentir el propio miedo, el mayor limitador de la plenitud vital de las personas. La duda, el recelo, las verdades aprendidas… son barreras que anulan la capacidad de acción mientras reducen nuestra predisposición a la sorpresa genuina. La pérdida de la inocencia, es el fruto de unos ojos que lo han visto casi todo, que cada día desayunan, almuerzan y cenan entre la alteración del más oscuro suceso y la imagen indiferente de un cuerpo ajeno mutilado; es quizás el precio que debe pagar nuestra sociedad por depositar su fe en los mercaderes del dolor.


Más allá de la ruina, perviven siempre espacios de esperanza, lugares de transición, momentos de certidumbre que nos recuerdan que otra mirada es posible, que si miramos con otros ojos, que si miramos con nuestros propios ojos, mirando como hace tanto que no miramos, volveremos a ver aquello que un día despertó en nosotros el deseo de caminar. Ese deseo no sólo nos es propio, nos es necesario; tan necesario que, en un descuido nos vemos alienados por la marea, desprovistos del control de nuestros sentidos, perturbados por una constante avalancha de estímulos como absoluta representación de la falaz abundancia de nuestro tiempo.

En nuestros días nos negamos el regalo del tiempo, la hiperproductividad es nuestra seña, ya casi nadie se para en la calle por que sí, por el placer de hacerlo; todos sabemos que mediante el tránsito llegamos a sitios, pero puede que hayamos olvidado la necesidad de parar un momento y decidir la dirección que damos a ese tránsito, el cruce por el que seguir caminando.


Todos, irremediablemente todos, respondemos de un modo u otro a los estereotipos asociados a los desempeños funcionales y a la representación de la maquinaria formal de nuestros roles. También la "cultura" ha ido acomodándose a los hitos del espectáculo, como lenguaje dominante de comunicación masiva y homogeneizadora. El sistema sabe perfectamente cómo sacar beneficio de cada una de las necesidades y debilidades humanas y, lejos de negar las diferencias entre individuos, las construye con tal concreción simbólica que las neutraliza en su propia asimilación hasta igualarlas. La espectacularización de lo cotidiano a través de las angustias vitales contadas en televisión por cualquier ciudadano es, probablemente, tan redundante como los conceptos y objetivos publicitarios de cualquiera de los fastos públicos celebrados y multirretransmitido bajo la ilusión popular de "hecho histórico". Las funciones de entretenimiento y fascinación propias del espectáculo se han convertido progresivamente en los únicos ejes de construcción del lenguaje visual válido para comunicar eficazmente, sirviendo como principal arteria entre las empresas y los consumidores, entre las instituciones públicas y los ciudadanos, entre los líderes políticos y los votantes… Empobreciendo la capacidad de entendimiento y derivando todo a un extremo en el que el simplismo de los mensajes alimenta la infertilidad de pensamientos y la infantilización de la cultura, por medio de necesidades insustanciales de inmediata satisfacción y eterno olvido.


"La alienación del espectador a favor del objeto contemporáneo (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa de este modo: cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectador con el hombre activo se hace manifiesta en el hecho de que sus propios gestos dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él. La razón de que el espectador no se encuentre en casa en ninguna parte es que el espectáculo está en todas partes." (6)




1. Virilio, Paul, El cibermundo, la política de lo peor. Cátedra. Madrid, 1999.

2. Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Kairós. Barcelona, 1998.

3. Orihuela, Antonio. Piedra, corazón del mundo. Germanía. Valencia, 2001.

4. Méndez Rubio, Antonio. La apuesta invisible. Cultura, globalización y crítica social. Intervención Cultural. Barcelona, 2003.

5. Augé, Marc. El tiempo en ruinas. Gedisa. Barcelona, 2003, pag. 101.

6. Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Pre-Textos. Valencia, 1999.